10 noviembre 2015

Relatos - World of Warcraft: El Precio de la Venganza

     -¿Es venganza lo que quieres? ¿Es justicia?

     -Venganza.

     La voz del joven elfo, en el límite de la edad adulta, sonó dura, llena de odio y de dolor. No era algo extraño, no obstante. Las cicatrices de la guerra eran muchas y estaban lejos de desaparecer; todos los días se abrían nuevas heridas y nacían decenas de muchachos como el que tenía delante, con el pulso acelerado, las manos agitadas y la sangre hirviendo. Todos los días la Legión Ardiente se cobraba nuevas víctimas, destruía hogares y dejaba huérfanos. Huérfanos que ansiaban destruir a sus enemigos, que querían venganza, pensando que en ella encontrarían solaz y que el dolor acabaría.


Relatos - World of Warcraft: El Precio de la Venganza
Legión Ardiente, de Dan Scott

     Era el deber de Oriande: consolarles, escucharles, encauzar todo ese odio, ese miedo, y asegurarse que seguían adelante con sus vidas, escogieran el camino que escogieran.

     -¿Crees acaso que el dolor desaparecerá cuando mates a tu primer demonio? ¿Y con el número diez? ¿Tal vez el mil?
     La respuesta sorprendió al joven elfo, que la miró sin comprender. Su complexión era todavía la de un muchacho, lejos de estar del todo desarrollada, pero se adivinaba que se convertiría en un elfo alto, más de dos metros, y musculoso. Sus manos eran delgadas y ágiles y podría convertirse en un buen artesano. Si eligiera ser guerrero sería entrenado por los maestros del ejército kaldorei, los mejores del mundo, y destacaría. Sin embargo, el muchacho quería otra cosa.

     -No lo entendéis. No quiero que el dolor desaparezca -contestó el muchacho-. Me da fuerzas, me da un objetivo. Quiero venganza, quiero destruir a los enemigos de mi pueblo, a los que...- su voz tembló unos instantes, asaltado por terribles recuerdos- a los que masacraron mi hogar y me arrebataron todo mi mundo.

     Oriande comprendía al muchacho, pero aquello no era suficiente.

     -Sé lo que quieres, pero no estoy segura de que entiendas los sacrificios, a lo que tendrías que renunciar.

     La sacerdotisa de Elune miró al muchacho a los ojos. Era más baja que el joven elfo y parecía casi de la misma edad, pero era varios siglos mayor que él. Vestía unos ropajes blancos y las joyas que llevaba eran sencillas, sin denotar su rango: no lo necesitaba. Era su actitud, su postura, en cómo decía las cosas lo que le concedía autoridad. Estaba siempre calmada, siempre parecía decir lo correcto y más adecuado de acuerdo a cada situación.

     -Entonces, explicádmelo, sacerdotisa. Hacedme entender.

     Oriande asintió lentamente.

     -No soy yo con quien tienes que hablar, pero he mandado llamar a alguien que contestará a tus preguntas y te suscitará otras nuevas. Escucha atentamente lo que te tiene que decir. Te está esperando.


Tyrande Whisperwind, por Mónica Art
     
     El joven se giró, como si aquella persona estuviera justo detrás de él, aguardándolo. Oriande, sin embargo, señalaba con su mano un pasillo lateral del templo, donde estaban las habitaciones donde él y el resto de refugiados del último ataque se estaban alojando hasta encontrar un nuevo hogar. Era una de las funciones de los templos de Elune aquellos días: servir de hogar temporal para los damnificados de la guerra, para los que había sufrido el ataque de la Legión Ardiente.

     Con una respetuosa inclinación de cabeza, el joven se dirigió al pasillo, buscando a la persona que la sacerdotisa había llamado. Encontró fácilmente la habitación correcta, ya que había un explorador del templo en la puerta, haciendo guardia, que se hizo a un lado para dejarlo entrar. Indeciso, el joven esperó unos instantes antes de llamar a la puerta y entrar en la habitación.

     Dentro, estaba oscuro. No era la oscuridad existente en las noches de Kalimdor, con la suave luz de las estrellas y la luna; tampoco era la oscuridad que existe cuando cierras todas las puertas y ventanas, pero aún así sabes que ahí fuera hay faroles y lámparas. Esta oscuridad era absoluta, devoraba luz, se alimentaba de ella y vomitaba negrura. Casi parecía estar viva, hambrienta, buscando crecer y no sólo estar presente en el mundo, sino meterse en su mente, invadir sus pensamientos.

     El muchacho tuvo miedo y se resistió a entrar. Miró al explorador, que aguardaba pacientemente a un lado, esperando a que entrara. ¿Quién, o qué, lo aguardaba en medio de aquella negrura? Finalmente, tras unos segundos más de duda que le parecieron eternos, decidió entrar. Detrás de él, la puerta se cerró y la oscuridad lo invadió todo. Incluso el sonido de su respiración pareció amortiguarse, la sangre se agolpó en sus sienes y sentía su pulso acelerarse. Todos sus sentidos se aguzaron y entonces pudo distinguir aquel aroma dulzón que flotaba en el ambiente. Era muy sutil, casi imperceptible: incienso. Junto al incienso también pudo distinguir una respiración profunda y tranquila en lo que suponía que era el centro de la habitación.

     Con paso vacilante, ya que no quería tropezar, el joven dio unos pasos tímidos hacia el interior de la habitación. No hubo avanzado ni un metro cuando una voz lo sobresaltó.

     -¿Qué te parece la oscuridad?- le dijo- ¿Serías capaz de renunciar a la luz, a los colores, al mundo de Elune?

     Era carrasposa y ronca: inhumana. No se parecía a nada que hubiera escuchado antes, acostumbrado al timbre melodioso y dulce del pueblo kaldorei. ¿A quién podía pertenecer? Sin embargo, era honesta y preguntaba con genuino interés, pero el muchacho también tenía preguntas.



     -¿Quién eres? Quiero verte.

     La voz se rió, pero aquella fue una risa desprovista de alegría.

     -¿Verme? ¿Por qué, crees que eso valdría para algo? ¿Crees acaso que tus ojos te dicen más que tus oídos, tu olfato o tu tacto?

     -Creo que verte sí que me podría decir cosas.

     El muchacho intuyó por dónde iba a  discurrir la conversación: era una prueba. La sacerdotisa y el extraño de la habitación lo estaban probando, desafiando, viendo si era digno.

     -Lo primero que nos hacen es arrebatarnos la visión- dijo la voz sin ningún tipo de emoción-. Es el primer paso, uno doloroso, brutal, despiadado. Aún así, menos brutal y despiadado que el que tuvo que sufrir el primero de nosotros. A él lo quemó el fuego de Sargeras, lo mutiló, lo marcó e intentó destruirlo. Nosotros nos limitamos a celebrar un ritual para abrir nuestra mente y nuestros cuerpos al entrenamiento, a comprender a nuestros enemigos jurados.

     El joven comprendió entonces a quién, o al menos qué, tenía delante.

     -Usamos una venda sobre los ojos no por nosotros, sino por los demás. Al acabar el ritual nuestras cuencas oculares están vacías; la carne, quemada y cosida. Supongo que no es un espectáculo bonito, sobre todo para nuestro pueblo, que tanto aprecia la belleza de unos rasgos simétricos, que cree que el alma se ve reflejada en la mirada -el hombre volvió a reír-. Y puede que tengan razón, ya que nosotros, junto a los ojos, perdemos nuestra alma.



     -No comprendo- el muchacho estaba confuso.

     -Por eso estás aquí-contestó la voz, ahora un poco más amable-. Porque no comprendes, porque has oído historias de proezas en la guerra, porque puede que vieras a lo lejos a uno de nuestra orden danzar en el campo de batalla, porque quieres convertirte en uno de nosotros sin tener ni la más remota idea de lo que significa ser un Cazador de Demonios.

     -Sois guerreros, formidables en batalla, y matáis demonios. Matáis a los que me arrebataron mi casa, asesinaron a mis padres y amigos.

     -¿Quieres venganza? ¿Quieres luchar contra la Legión Ardiente? Hazte explorador, jinete de sable, guerrero... Aprende las vías de la naturaleza y a convertirte en bestia, los rezos de Elune... Tienes mil opciones.

     -No quiero eso -contestó el muchacho, tozudo-. Quiero sembrar el terror en mis enemigos, quiero dedicar mi vida a su exterminio. Quiero que nada más verme sepan que la muerte les ha llegado.

     Oyó cómo su interlocutor respiraba profundamente. Estaba justo enfrente de él, pero mucho más abajo: puede que sentado. Con cuidado, él también se sentó, a la manera kaldorei, con las piernas cruzadas y la espalda recta.

     -No voy a negar que eso no sea cierto. Un Cazador de Demonios es uno con sus armas, un uno inmutable. Sus movimientos en el campo de batalla son perfectos, rápidos como el pensamiento. El enemigo no sabe qué lo ha golpeado, tan sólo tiene tiempo a llevarse la mano a la herida y notar su sangre resbalar entre sus dedos.

     "Los demonios nos ven y saben que la hora de su muerte ha llegado. Podemos oler su miedo, hieden a desesperación. Somos implacables, tan brutales con ellos como lo son con los nuestros. Sí, todo eso es cierto. Pero, ¿acaso sabes a lo que hemos renunciado, todos y cada uno de nosotros? ¿Tienes idea de lo que significa ser un Cazador de Demonios?



     El muchacho fue a contestar, pero su interlocutor no le dejó, ya que su discurso se aceleró.

     -Nos ciegan, joven elfo, porque es la única manera de poder ver. Los primeros meses son de absoluta oscuridad, hasta que tus poderes comienzan a despertar. Descubres entonces colores y formas que nunca antes se te ocurrió que podían existir, pero son colores y formas infernales. Sólo podrás ver a tus enemigos, a los demonios. Desearás entrar en batalla únicamente para poder disfrutar de nuevo del sentido de la vista, pero a la vez lo odiarás, porque lo único que podrás apreciar será el mal en su estado más puro.

     "También podrás ver a tus hermanos y hermanas, pero eso es peor todavía. Te recordarán constantemente que has abrazado la esencia de tus enemigos jurados, que has dejado de ser un kaldorei para siempre. Somos demonios, joven elfo, al menos en parte. Perdemos para siempre nuestra alma, abandonamos a Elune y abrazamos a nuestros enemigos, nos convertimos en ellos para combatirlos con más fiereza, haciéndonos inmunes a sus armas. Lo único que podemos ver es esa mancha en nuestro interior, una mancha que va creciendo poco a poco, que en batalla se desata y nos domina. ¿Serías capaz de pasar el resto de tu vida mirando directamente a las profundidades del infierno, al lugar donde nacen las pesadillas?

     "El dolor pasará a formar parte de tu vida de una forma que no puedes comprender. La heridas en los ojos sanarán, pero otras tomarán su lugar. La magia demoníaca cubrirá tu cuerpo y te marcará la piel. Las agujas con las que nos tatuamos no sólo están impregnadas en tinta, sino que con cada golpe del artista introduce la esencia misma del mal bajo tu cuerpo. El dolor mientras la aguja penetra en la piel es insoportable, ya que la magia corrompe la carne y lacera tu cuerpo. Por la noche, sientes esa mancha en tu interior, reptando por debajo de la piel, amenazando con convertirte en cosas que no deberían abandonar nunca la negra compañía de Sargeras.

     "La esencia de los demonios te cambia. No sabría decirte de qué forma, pues a cada uno la esencia del mal le afecta de una forma diferente. A algunos le salen colmillos, a otros la piel se les oscurece, brotan cuernos de nuestras cabezas, nuestros pies se transforman en pezuñas, nos crecen alas infernales en la espalda... Lo que sí te puedo asegurar es que estos cambios vienen asociados al dolor. La sangre de los demonios se mezcla con la nuestra y nos transforma en algo a caballo entre dos mundos.

     "Pero la esencia los demonios también nos cambia por dentro. Las alteraciones físicas son sólo parte de la metamorfosis. Empiezas a sentir cosas, tu hambre despierta, tus pasiones se desatan. Tienes ganas de entregarte a la sed de sangre, a la lujuria, a la glotonería y al exceso. Sentirás odio y rabia, la furia dominará tus actos. Sé que ahora crees que odias a los demonios, pero mientras te conviertes en un Cazador de Demonios aprendes el verdadero significado de esa palabra. Respiras odio, sudas odio, bebes y comes odio... Se convierte en la emoción que guía cada uno de tus pensamientos y acciones. Este cambio duele, nos abrasa por dentro, nos arranca al elfo que tenemos en nuestro interior y nos despoja de nuestra esencia.

     "Dejamos de oír a la naturaleza. Elune nos abandona para siempre y sólo nos quedan las tenues auras de nuestros compañeros y las vibrantes sombras de luz de nuestros enemigos. Y nos queda la batalla, la danza, la indescriptible sensación de la lucha. Dejamos de ser elfos, abandonamos para siempre la familia de los kaldorei, sus leyes ya no nos afectan, perdemos la conexión con el resto de nuestra antigua raza.



     "El entrenamiento nos ayuda a combatir contra todo esto y a dominar todas estas emociones, a superar estos cambios y a aceptarlos como algo necesario. La disciplina física es crítica y los ejercicios no sólo nos templan como el arma definitiva contra la Legión Ardiente, sino que nos ayudan a canalizar toda esta ira y odio, anestesian el dolor de nuestro cuerpo y nuestra mente. Nos hacen entrega de las gujas, tu única arma a partir de entonces, y aprendes a convertirte en uno con ellas. Tu fuerza y tu agilidad crecen, serás capaz de realizar proezas fuera del alcance de cualquier ser vivo.

     "No todos lo consiguen. Ni siquiera unos pocos. El ritual en el que nos arrancan los ojos es el más sencillo de todos, ya que es puramente físico. La magia demoníaca se lleva a la gran mayoría. Muchos se vuelven locos, otros quedan tan deformes que acaban por suplicar que acabemos con sus vidas, algunos se transforman demasiado y debemos acabar con ellos antes de que se conviertan en una amenaza. Y si superas la corrupción, puedes morir por culpa de los implacables entrenamientos. Si esperas que la compañía de tus hermanos alivie algo esta carga, también lamento decepcionarte. Ser un Cazador de Demonios implica soledad, no volver a disfrutar nunca de la compañía de un semejante. Peor aún: lo añorarás. Recordarás lo que era amar y ser amado y lo ansiarás con cada latido de tu corrupto corazón.

     "Los Cazadores de Demonios no podemos fallar, no podemos dudar, no podemos permitirnos flaquear nunca. Jamás.

     "Somos el arma definitiva, la primera línea de ataque y la última de defensa. Somos el filo que nadie quiere desenvainar. Somos los que actúan cuando los demás apartan la mirada, los que cometemos las atrocidades que nadie se atreve a considerar; somos los que asumimos el sacrificio supremo en busca de la fuerza suprema, los máximos defensores del pueblo kaldorei... y los que dejamos de serlo para conseguirlo. Somos medio demonios, usamos su magia, nos alimentamos de sus emociones, abandonamos todo aquello que es sagrado y nos convertimos en criaturas impías, en el mismo mal reencarnado. Somos aquellos a los que nadie llora, los que no importan, un arma templada con diez mil, cien mil, golpes de martillo.

     "Somos el odio y la ira pura en el campo de batalla. Matar nos proporciona el único momento de paz en nuestras vidas. El alarido de un enemigo en la lucha es la única música que conmueve nuestros corazones, el sabor de la sangre lo único que despierta nuestro apetito. Gritamos en el campo de batalla. Reímos en el campo de batalla. Vivimos para la lucha. Todos nos temen, demonios y elfos por igual.

     "Y todo esto es sólo el comienzo, un pequeño atisbo de lo que te espera si de verdad quieres convertirte en uno de nosotros, jovencísimo elfo. ¿Comienzas a comprender los sacrificios? ¿A todo lo que renunciarías?

     El joven había permanecido en silencio ante las palabras del Cazador de Demonios. Había escuchado su voz lleno de temor. Cuando hablaba del dolor, había padecido con él. Cada vez que hablaba de la ira y el odio, casi escupiendo de la fuerza con la que pronunció esas palabras, había sentido esas emociones con una intensidad que nunca antes había conocido. Cuando hablaba de la emoción de la batalla, realmente sintió como si aquella fuera la única alegría de su vida. Sólo tenía una pregunta más. Realmente, la única que importaba.

     -¿Vale la pena? El sacrificio, el dolor... ¿Merecen realmente la pena?

     El silencio de la respuesta se alargó lo indecible. Un minuto, dos, cinco... El elfo no sabía si había ofendido al Cazador de Demonios o si era que estaba meditando su respuesta. Incluso llegó a temer por su vida, que un golpe de guja le separara la cabeza de los hombros. Notó cómo el otro se levantaba. Oyó el sonido del metal al ser desenvainado y notó el frío tacto del acero contra su cuello. ¿Acaso había ido demasiado lejos? ¿Había cometido algún tipo de delito u ofensa mortal contra aquel ser y su tenebrosa orden?



     Sintió la oleada de magia y una decena de velas se encendieron en la habitación. Pudo por fin ver a su interlocutor. Se erguía ante él, infinito. Su piel, de color morado oscuro, estaba cubierta por tatuajes intrincados que parecían estar vivos, que se retorcían ante su mirada adoptando imposibles y obscenas formas. Su piel también mostraba las cicatrices de un millar de batallas. La mayoría eran simples líneas blancas, pero había otras terribles.

     Su costado derecho era un amasijo de carne deforme y una línea le cruzaba el pecho de lado a lado. Había sufrido otra terrible herida en el rostro, que se lo había desfigurado para siempre. Le faltaba parte de la barbilla, del labio y la mejilla izquierdas. Se le podía ver el hueso de la mandíbula y tenía los dientes, con unos caninos desmesurados, al descubierto de forma permanente. Le faltaba la oreja izquierda y, en su lugar, una cicatriz se arremolinaba como recordatorio de dónde había estado. También pudo apreciar dos pequeños bultos a su espalda. Allí habían brotado dos alas, intuyó el joven, pero ahora únicamente había dos muñones ennegrecidos con algún jirón membranoso.

     Y pudo sentir la fuerza de sus brazos, la intensidad de su voluntad, que se propagaba por cada fibra de aquel cuerpo transformado y mutilado. Tenía el brazo extendido y, en él, empuñaba la guja que amenazaba su cuello. Era un arma de doble hoja, curva, con una empuñadura ornamentada y oscura. Sintió la maldad de aquella arma, su voluntad, la exigencia de sangre a su dueño. Sin embargo, su pulso no temblaba.

     Con deliberaba lentitud, cogió la venda que le cubría los ojos y se la quitó. Quedaron al descubierto dos cuencas oculares vacías de toda carne, pero en las que pudo adivinar una llama insondable, un foco que conducía a las simas del alma del elfo, un alma corrompida y transformada hasta convertirlo en algo antinatural, ni de este mundo ni de la Legión Ardiente. El joven se estremeció de terror y, al hacerlo, el filo de la guja hizo brotar de forma involuntariamente una línea de sangre en su cuello.

     El Cazador de Demonios se inclinó para que el joven elfo pudiera contemplar su rostro en cada mínimo detalle.

     -¿Me preguntas que si vale la pena? Sí. Cada minuto. Cada segundo de esta vida vale la pena, pues gracias a lo que soy puedo matar demonios. Y eso es lo único que importa.

     Se irguió y bajó el arma. El joven entendió que la conversación había acabado y se marchó de la habitación, arrastrando los pies y con la cabeza llena de más preguntas que nadie más que él podía contestar. El Cazador de Demonios dejó caer la guja, junto a su compañera, y le dio la espalda a la puerta. A los pocos segundos, entró Oriande, la sacerdotisa.



     -Le has dado mucho en lo que pensar.

     -Me alegro.

     -¿Crees que volverá?

     El Cazador de Demonios se encogió de hombros.

     -Depende de él. Tiene la voluntad de ser uno de nosotros. Ahora sólo queda por ver si es capaz de asumir la verdad de lo que le he contado.

     La sacerdotisa asintió.

     -¿Puedo hacerte yo una pregunta?

     El otro asintió lentamente.

     Oriande se le acercó y le tocó el brazo. El Cazador de Demonios pareció sorprenderse ante el contacto y casi dio un respingo, pero mantuvo el brazo en su sitio. Fue un contacto íntimo, personal.

     -¿Mereció realmente la pena, Galarian? ¿El precio que pagaste, que pagamos, mereció la pena?

     El Cazador de Demonios la miró directamente a los ojos a pesar de que ella sabía que no podía verla. Permaneció así durante unos segundos y, luego, volvió a anudarse la cinta para taparlos, como hacían todos los miembros de su orden.

     -Te diré lo mismo que a tu joven protegido. Sí. Cada minuto. Cada segundo.

     Después, con cada paso resonando como el golpe de un martillo en un yunque, un martillo que templa una espada de filo invencible, abandonó la habitación y se sumergió en la profundidad de la noche, dejando a la sacerdotisa a solas con sus pensamientos.

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