21 diciembre 2015

Michael Moorcock: el Señor de los Finales

Michael Moorcock tiene una impresionante virtud como escritor. Bueno, tiene más de una, es uno de los autores de fantasía más prolíficos e influyentes de los últimos 50 años y por algo será, pero sí que considero que posee una cualidad que destaca sobre todas las demás: sabe escribir finales. Es habitual ver a muchos autores que no saben cómo terminar sus libros, se quedan cortos, son incapaces de rematar de forma adecuada sus manuscritos y, por tanto, no te dejan un buen sabor de boca. Es importante saber contar una historia, pero es igualmente importante saber terminarla.


Michael Moorcock: el Señor de los Finales

El estilo de Michael Moorcok es caótico, muy en consonancia con la temática de la obra que escribe. Una enorme cantidad de sus libros gira alrededor del concepto del Multiverso, la concepción de la creación universal como un número infinito de planos con un infinito número de variables, pero en el que se repiten algunos patrones. En este Multiverso, hay dos elementos inamovibles. Uno de ellos es la existencia de la lucha eterna entre el Orden y el Caos y de la existencia de una tercera fuerza, la Balanza, el Equilibro, representada por la ciudad mítica de Tanelorn.

El otro elemento es el Campeón Eterno, una figura a veces heroica, a veces trágica; unas veces servidora del Orden, otras del Caos y también del Equilibrio. Muchos de los personajes de sus novelas son representaciones de este Campeón Eterno y, de hecho, no es raro ver coincidir a varios de ellos en sus relatos. La representación más conocida del Campeón Eterno es, por supuesto, Elric de Melniboné, el Lobo Blanco, una figura trágica, maldita, que condena a todos los que le rodean y portador de Stormbringer, una espada demoníaca que bebe almas y alimenta el cuerpo débil y marchito de Elric con una fuerza monstruosa... y que el mismo Elric odia.

Esta es una de las cosas que hicieron destacar a Michael Moorcock desde el principio como escritor de fantasía. A Moorcock le tocó escribir en un momento en el que El Señor de los Anillos aún era una novedad literaria. La escala del trabajo de J. R. R. Tolkien era algo que no se había visto nunca y el fenómeno hippie ayudó enormemente a popularizar los libros del profesor inglés. Sin embargo, también comenzaron a surgir corrientes de fantasía que se oponían a la visión de Tolkien, al menos en la superficie.


Michael Moorcock: el Señor de los Finales

La crítica más común era que Tolkien era demasiado simple en sus tramas, todo era blanco o negro y no había cabida para la ambigüedad. Por supuesto, esto respondía al hecho de que Tolkien con su obra pretendía crear un trasfondo mitológico, con personajes prototípicos y que no dieran lugar a la confusión del lector. También tuvo que ver que Tolkien era una persona sencilla y tranquila y se encontraba más cómodo mostrando las cosas tal y como eran y siguiendo una estructura más clásica de contar las cosas, en la que el bien tiene que triunfar sobre el mal.

Era normal que surgieran críticos a la obra de Tolkien y que sus comentarios se centraran en el excesivo maniqueísmo de El Señor de los Anillos y en la superficialidad de sus tramas, que no en el mundo en el que se desarrollaban, de una complejidad que hasta la llegada de la saga de Malaz no ha tenido imitadores en firme. Uno de los referentes de este movimiento fue precisamente Michael Moorcock que, recuperando el espíritu de la fantasía de la época pulp, la que se dio en los EE.UU. a principios del s.XX, dio lugar a una serie de personajes, mundos y tramas muchos más complejos y con tramas más oscuras.

En los libros de Michael Moorcock nada es lo que parece y el protagonista suele tener una vertiente trágica. En muchos casos, también, son personajes que están dominados por las grandes fuerzas de la creación, que no tienen libertad, sino que están sujetos a los caprichos del Orden, del Caos y a veces simplemente del Destino. En muchos casos, como con Elric, son, además, conocedores de su posición e intentan rebelarse contra sus amos, con diferentes grados de éxito. Son personajes con debilidades e imperfecciones muy evidentes, con comportamientos salvajes y basados en las emociones, no en la razón. Elric, por ejemplo, es un personaje que en algunas historias se muestra reflexivo, mientras que en otras es impaciente, de cólera rápida.


Michael Moorcock: el Señor de los Finales

Los protagonistas de Moorcock suelen tener taras físicas. Elric es un albino, emperador de su propio pueblo, un pueblo decadente, que todavía se cree que domina los Reinos Jóvenes, cuando en realidad no son más que una raza dada al hedonismo, a las drogas, la lujuria y la violencia más refinadas. Es físicamente débil, pero un hechicero de un poder como no se ha visto en generaciones en Melniboné, único motivo por el que sus enemigos no se lanzan a despedazarlo. Corum posee el ojo y el brazo de una protodeidad de un poder inimaginable con el que consigue matar a los mismos señores del Caos de su dimensión. Erekosë, en cambio, es una figura increíblemente confusa, condenado a visitar dimensión tras dimensión encarnando a diferentes aspectos del Campeón Eterno con la peculiaridad de recordar únicamente retazos de esas vivencias, cosa que le tortura.

En muchas de las historias de Moorcock entrelaza a estos personajes, haciendo que se encuentren. Todos ellos son similares y son representaciones del Campeón Eterno, pero con personalidades propias muy diferentes. Toda esta concepción de los mundos de Michael Moorcock dota a su obra de un fuerte componente trágico, de predestinación y de caos y confusión, dejando perplejo muchas veces al lector y nunca sabiendo lo que puede ocurrir. Los personajes pueden tener comportamientos heroicos o comportarse como villanos, hay crueldad en ellos y pocas veces misericordia, los mundos pueden ser lugares odiosos y ofensivos. El ejemplo más claro es el de Nadsokor, una ciudad del mundo de Elric, un pozo de inmundicia a la que no se la llama la Ciudad de los Mendigos por casualidad.

Pero fuera de esta capacidad que tiene Michael Moorcock de crear mundos inquietantes y confusos y de escribir relatos concisos, rápidos, frenéticos y con poderosas imágenes, hay que destacar la capacidad que tiene para rematar estas tramas. Moorcock es capaz de golpear con contundencia la realidad del lector acostumbrado a que las cosas tienen que ser de una determinada manera. Puede que esa sea la clave de su éxito, que rompe convencionalismos con todas sus historias y propone lo inesperado. A veces su postura es fatalista y determinista, como en el caso de Elric; otras veces se arranca con manifiestos humanistas de inesperadas consecuencias, como con la historia de Corum.


Michael Moorcock: el Señor de los Finales

Pero lo que está claro es que Michael Moorcock sabe cómo terminar una historia. Sabe cómo cerrar las tramas principales sin que su gran concepción del Multiverso no quede afectada. Sus historias pueden que se acaben, pero uno ve continuidad en su obra, un gran Plan Maestro que, después de cuarenta años escribiendo, sigue agrandando y entretejiendo con maestría. Pero sabe acabar sus obras. No tiene miedo a hacer lo que tiene que hacer y no se vale de recursos fáciles para alargar tramas o personajes de forma que queden desvirtuados. Quizá por eso Michael Moorcock es El Señor de los Finales, porque tiene tanto respeto por su obra que comprende que toda historia tiene que tener un final, lo que no significa que su leyenda no perdure.

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